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La imaginación, la ciencia y las pandemias




Por: Rocío Vargas Martínez.


En su libro La estructura de las revoluciones científicas (1962) Thomas Kuhn aportó una forma diferente de abordar a las ciencias, al analizarlas desde el punto de vista histórico-social. Para Kuhn tenemos ciencia cuando hay leyes o teorías, y eso sucede después de complejos procesos históricos.


Evidentemente, los protagonistas de la historia de cada ciencia vivieron circunstancias muy diversas, sin embargo, comparten características comunes como la creatividad y la imaginación. Los generadores del conocimiento se caracterizan por su habilidad para ver aquello que pasó inadvertido a los ojos de los demás, ya sea porque su inquietud los llevó a desarrollar herramientas tecnológicas que ampliaron su panorama y/o porque su capacidad de abstracción les permitió dar una interpretación diferente de la realidad.


Ejemplos de creativos hay muchos, uno de ellos fue Anton van Leeuwenhoek, un vendedor de paños holandés del siglo XVII, que fabricó un microscopio tan diminuto como potente para evaluar la calidad de las telas. El propósito original del invento pasó a segundo término y Leeuwenhoek se dedicó a observar prácticamente todo lo que se le atravesaba. La recompensa a su curiosidad fue la apertura de una ventana hacia un mundo invisible al ojo de los demás (observó espermatozoides, eritrocitos y pequeños organismos acuáticos, entre otros especímenes).


Cuando envió sus observaciones a la Royal Society de Londres, que reunía a la crème de la crème de la intelectualidad europea, fue desdeñado por tratarse de un comerciante holandés sin estudios, pero ante la abrumadora evidencia de su trabajo no tuvieron más remedio que reconocerlo.


Otro hallazgo notable (publicado en 1628), fue el descubrimiento de la circulación de la sangre por el médico inglés William Harvey, que además de su valor intrínseco, representa la fundación de la fisiología experimental que eliminó al obsoleto modelo galénico. ¿Qué hizo Harvey que no había hecho alguien más? retomar conocimientos anatómicos, cuestionar el modelo previo, plantear hipótesis, experimentar y proponer un modelo hidráulico con una bomba (el corazón), tuberías (los vasos sanguíneos) y válvulas que dirigen el flujo sanguíneo: imaginación pura organizada por el incipiente método científico.


Hay tantos ejemplos de la creatividad de los científicos que podrían escribirse muchos libros sobre el tema y este espacio es breve, pero no quiero dejar de mencionar a Louis Pasteur, que tuvo la capacidad de imaginar primero y comprobar experimentalmente después, la relación existente entre la presencia de microorganismos y procesos como las enfermedades o las fermentaciones.


En tiempos más recientes, tenemos a Watson y Crick, dos científicos que en 1953 y a partir de los trabajos realizados por otros investigadores propusieron el modelo de la doble hélice del ADN sin haber hecho un solo experimento. Por último, Kary Mullis, el inventor de la técnica conocida como Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR, por sus siglas en inglés), muy famosa en estos días por servir entre otras cosas para la identificación de patógenos como el COVID-19, imaginó esta técnica, que le permitió ganar el premio Nobel en 1993, mientras viajaba rumbo a su casa por la autopista y en un arranque de ociosidad (o de iluminación), se imaginó que la carretera en la que él circulaba y la de contrasentido eran las cadenas del ADN y el movimiento de los autos el proceso de copiado (esa es la versión políticamente correcta, hay otra que involucra el uso de drogas pero esa prefiero no mencionarla).


Cuando hablamos de las ciencias y el marco teórico (la comprensión filosófica) que nos proporciona, podemos celebrar vivir en esta época de ciencia madura. Atravesamos una severa crisis por la pandemia del COVID-19 y evidentemente eso genera miedo, pero la ciencia nos permite afrontarla de mejor manera.


A diferencia de las pandemias de la Edad Media en las que no se entendía qué pasaba ni se podía hacer más que rezar o llevar a cabo un sinnúmero de prácticas irracionales, hoy la ciencia con toda frialdad nos explica las causas y las consecuencias (dentro del margen de error que la ciencia tiene, ya que no es infalible). ¿Qué sabemos?, que dejando fuera teorías conspirativas, los virus son parte de la Naturaleza y coexistimos con ellos, pero a veces surgen formas nuevas que ponen en jaque a nuestro sistema inmune. La objetividad y el carácter predictivo de la ciencia nos explica: la mayoría se va a infectar y tendrá síntomas leves, algunos van a enfermar y requerirán atención, y en este grupo habrá algunas pérdidas, principalmente de mayores de 60 años; en resumen, puede hablarse de una selección natural intensiva a nivel mundial.


Lo que nos toca hacer es lo que ha hecho la Humanidad desde hace mucho, intentar sacarle la vuelta a la Naturaleza para estar dentro del porcentaje de los que van a sobrevivir, en este caso fortalecidos porque ya conoceremos al virus y le haremos frente la próxima vez que aparezca; ¿cómo hacerlo? siguiendo las instrucciones de los expertos.



En las actuales circunstancias van a aflorar miedos y conductas extrañas; el temor a lo desconocido produce respuestas incomprensibles como la compra obsesiva de papel higiénico (por cierto, ¿ya compró el suyo?). Siendo propositivos, este abandono forzoso de la normalidad también representa la oportunidad para retomar las comprensiones latentes; la reclusión nos permitirá poner atención en nuestros sentidos, en los miedos infantiles y en los recursos individuales para mantener consuelo y esperanza. También estarán a prueba la creatividad y la imaginación para salir indemnes del encierro y la convivencia con los demás.


Al final, el manejo que hagamos debería permitirnos un buen manejo de la incertidumbre porque sabemos, como los italianos que hemos visto cantando en los balcones o las personas que bailan con otras desde sus ventanas (todos nos estamos observando gracias al mundo global y los medios de comunicación) que el mundo seguirá con o sin nosotros, pero pasada la crisis, todo va a estar bien.



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Rocío Vargas Martínez. Bióloga (UNAM, 1991) y Maestra en Ciencias con especialidad en Biomedicina Molecular (IPN, 2001). Docente en las áreas de Bioquímica, Biología Celular, Historia y Filosofía de la Biología, y Biomedicina. Con formación en el uso de las TIC y las TAC para la enseñanza desde 2013 (DGTIC UNAM). En investigación ha trabajado en el área de enzimología, particularmente con enzimas de la bacteria Pseudomonas aeruginosa. Actualmente es profesora de la carrera de Biología (ENEP/FES Iztacala, UNAM) desde 1989.


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