Julio Verne, expansor de horizontes




Por: Rosa Luisa Guerra Vargas.


No recuerdo cuál fue la primera novela de Julio Verne que leí, pero a lo largo de mi infancia fueron muchas: La vuelta al mundo en 80 días, Veinte mil leguas de viaje submarino, Los hijos del capitán Grant, Dos años de vacaciones, Viaje al centro de la Tierra, Tribulaciones de un chino en China, por mencionar algunos los títulos que me llevaron a la India colonial y a las planicies norteamericanas, al fondo del mar, a los Andes, o una isla olvidada donde a pesar de todo, sus protagonistas usaban su ingenio y encontraban su forma de sobrevivir y volver a casa.


En mi caso particular, no fue el autor que me hizo amar la lectura, pero sí formó parte de mi experiencia lectora de manera fundamental. Sin embargo, muchas generaciones, gracias a Verne, descubrieron la lectura. También hay muchos a quienes a los que motivó para ser científicos, entre ellos Jacques Cousteau y el brasileño Alberto Santos Dumont, pionero en la aviación.


Sus lectores han sido muchos y por más de un siglo. Y es justo decir que con Verne nace el lector juvenil porque estuvo en el lugar correcto en el momento correcto. Después de varias décadas de inestabilidad política. Francia, hacia 1860, se encontraba en una etapa de cierta paz que permitió el desarrollo, sobre todo de lo que hoy sería la denominada clase media (“luchona”, se agrega con cierto sarcasmo en México), que si bien continúa siendo minoría frente a una inmensa masa ubicada en los más bajos estratos, ya fuera en el campo como en las fábricas.


Esta clase está formada por individuos quienes, a través del ejercicio de carreras como la abogacía, la medicina o el comercio, aseguran un ingreso suficiente para mantener a sus familias y permitir que los hijos puedan gozar de su juventud sin tener que integrarse a la fuerza laboral. Es lo que hoy ubicamos como clase media (y que en México definimos con un toque sarcástico como ser “clasemediero luchón”).


Verne mismo sería parte de esa clase, la posición de su familia le facilita tener estudios superiores. Él, por su parte, comienza a escribir desde muy joven, primero poesía y algunas obras de teatro; pero cuando tenía alrededor de 35 años tuvo lugar el encuentro que cambió su vida (y la de muchos). En ese momento, conoce al editor Jules Hetzel quien estaba juntando colaboradores para la revista con fines de educación y divulgación y le faltaba uno para la parte científica. Verne, se cuenta, que llega a la cita cargando un enorme manuscrito titulado Aventuras en el aire que desarrolló a partir de un relato que había logrado publicar años antes.


Cabe aquí comentar que Verne, con tal de huir de los estudios de leyes, pasaba horas y horas en las bibliotecas leyendo sobre todos los temas que le interesaban y tomando notas, y muchas de ellas ya las usaba para darle sustancia a su inicial novela. Luego ejerció en lo que hoy es operador financiero. Pero nunca dejó de leer y escribir.


Al leer el manuscrito, Hetzel que había sido editor de grandes figuras como Víctor Hugo, le dio algunos consejos sobre cómo ajustar la narrativa, sugirió que se llamara Cinco semanas en un globo y comenzó a publicarlo por capítulos en la revista. Una novela en entregas, como se usaba (cualquier parecido con una serie televisiva es mera coincidencia).


Es claro que Hetzel ni Verne oyeron hablar de las herramientas cognitivas de la imaginación romántica, pero le dieron al clavo, “sin querer queriendo”, con una que sería fundamental para la consolidación del lector juvenil: la oportunidad de coleccionar, que deriva del aprecio por el detalle.





Las colecciones se hacían tanto de las publicaciones semanales, como de los libros completos que se publicaban al finalizar las entregas, porque a partir de esa primera novela, prácticamente cada año salía una nueva, primero semanalmente un capítulo; luego en primorosas ediciones bajo el nombre de Viajes extraordinarios. El joven lector, y sus hermanas en algunos casos, podían recibir como regalo en Navidad o su cumpleaños esas ediciones.


Sin embargo, no fue únicamente esa herramienta cognitiva la que podemos rastrear, y a la que quizá atribuir el éxito de Verne, también está el explotar los extremos y los límites de la realidad que se viven en los relatos. No sólo se trata de haber ido con el ojo imaginativo a lugares inalcanzables, incluso hoy, para el común de los mortales como la Luna o el fondo del océano; sino el incorporar los avances científicos que son abundantes en la época, a los lectores principalmente jóvenes.


Este punto es importante, porque a diferencia de otros autores de la época, como Emilio Salgari o Jack London, que llevaron a sus lectores a tierra remotas o a vivir aventuras por demás excitantes, no tuvieron ese componente de llevar el límite de la realidad hacia lo que la tecnología y la ciencia podrían lograr.


Se dice a veces, erróneamente, que los artefactos presentados por Verne, muchos de ellos que hoy son parte de nuestra vida, fueron inventados por él. En realidad, Verne que era riguroso en contar con fuentes veraces que apuntalaran lo que sí creaba él con su imaginación o daba cuenta de adelantos que todavía no eran producidos en masa o con fines comerciales, pero que ya existían. Lo mismo que hacía él, lo hacía con sus lectores a quienes precisamente llevaba no sólo a los confines geográficos y tecnológicos.


En este renglón específico, Verne impulsa el paso de la romántica a la comprensión filosófica, porque hay una voluntad de usar lo que hay para llegar más lejos, no sólo físicamente, sino en la compresión de la Tierra, la Luna y el Universo que nos rodean. Ese efecto, que como se decía al principio, movió a muchos a hacer de la exploración, la experimentación y la protección del ambiente su motivo de vida.


Julio Verne no puede ser leído hoy como era antes, es cierto. La novedad de los inventos propuestos se ha evaporado, pero el reflejo del espíritu humano que es puesto a prueba tanto por la naturaleza –¡el Nautilus llega a la Antártida y desafía tormentas!– como por los retos humanos –Phileas Fogg quiere ganar la apuesta hecha– o la supervivencia en circunstancias que nadie buscó –los Robinsones o los chicos de Dos años de vacaciones–, son la esencia de la obra publicada de Verne.

Y sí, decir obra publicada de Verne es a propósito. Cabe señalar que Hetzel, por proteger los ingresos económicos, sólo permitió la publicación de las obras que apuntalaban la cara alegre de la humanidad y la ciencia. Mandó a la caja fuerte –ahí fueron encontrados algunos manuscritos–versiones de las novelas con un tinte más pesimista u obras completas que daban cuenta de una versión derrotista de la humanidad como París en el siglo XX que fue publicada apenas en 1994.


Viajes extraordinarios como conjunto de la obra de Verne –y de Hetzel– marcó un hito en la literatura porque las obras dirigidas con intencionalidad a los jóvenes sí eran rentables, sí formaban lectores fieles que podían brincar a otras obras literarias y científicas, y sí los impulsarían por generaciones a entrar al mundo y apropiarse de él logrando avances que han alterado para bien y para mal la vida de la humanidad.


Es importante destacar la forma particular en la que Verne se coloca entre la imaginación romántica y la filosófica, aportando a la humanidad un impulso muy particular” que ha dado como resultado apuntalar –con otros autores, ciertamente– un género completo de la literatura como es la ciencia ficción e impulsar a una miríada de hombres y mujeres de ciencia a quienes el horizonte se les abrió gracias a esas lecturas.



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Rosa Luisa Guerra Vargas

Es autora de la colección de seis libros para niños: Así era la vida en... Época prehispánica, Virreinato, Independencia, Porfiriato, Revolución y México Moderno publicada por Ediciones Larousse.

Es coautora del libro Cara o Cruz: Francisco I. Madero, de Editorial Taurus.

Escribió: Apuntes de Literatura: Fausto (Goethe), Apuntes de Literatura: Divina Comedia (Dante) Apuntes de Literatura: 20 000 leguas de viaje submarino (Verne), todos de Nueva Imagen.

Ha escrito cerca de 20 libros de texto para la enseñanza del español para todos los niveles educativos.

Ha colaborado en la redacción de títulos de libros para niños y adultos en Editorial Larousse y Nueva Imagen.

Fue guionista de la serie infantil Viajeros del Tiempo Bicentenario, 25 cápsulas sobre la Independencia de México.

Participó durante 2019 semanalmente en el programa televisivo Tu Ciudad Es del Capital 21 en el segmento Lectura para principiantes.

Ha sido profesora universitaria de asignatura en UIA, UP y actualmente del CESSA.

Licenciada en Literatura Latinoamericana (UIA), maestra en Comunicación Social (UP) y tiene un máster en educación con especialidad en familia (CUV adscrito a la Complutense).

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