Imaginación para días de confinamiento




Se ha vuelto lugar común escuchar y leer que, en estos días de confinamiento -no encierro porque no es lo mismo-, es momento idóneo para dar rienda suelta a nuestra imaginación. ¿A qué se refieren quienes usan a la ligera esta expresión? ¿A encontrar la manera pasar el tiempo libre? ¿A canalizarlo de una manera provechosa? Cada quien podrá responder de distinta manera. Lo cierto es que hasta hace poco no había un significado preciso alrededor de la palabra.


En su libro La imaginación en la enseñanza y el aprendizaje, Kieran Egan nos recuerda que a lo largo de la historia se le ha vinculado a distintos procesos. Cuando las sociedades comenzaron a consolidar su identidad por medio de mitos, se le relacionó con la creación y la posibilidad de evocar situaciones. Más tarde los griegos la vincularon la memoria, mientras que los judíos la nombraron “yetser”, un derivado de “yetsirah”, cuyo significado es creación.


Quienes crearon los mitos difundieron su visión de la historia. Cualquier interpretación o aportación ajena a su narrativa era descalificada y en muchos casos considerada subversiva. A partir de entonces se comenzó a ver que la imaginación podía ser también peligrosa y para contrarrestarla se le contrastó con razón, como si una cosa estuviera peleada con la otra.


Durante la Edad Media y en medio del dominio de la Iglesia Católica, Santo Tomás de Aquino escribió: “Se sabe que los demonios actúan en la imaginación de los hombres, al punto de que todo es distinto de cómo es”. Más tarde, en la época de la Ilustración René Descartes, sí, quien dijo “Pienso, luego existo”, defendió a la razón como única vía de comprensión de la realidad.


No fue hasta el siglo XVIII cuando se le aceptó como una especie de moderadora entre el mundo de lo sensible y el de la razón. Los primeros en atribuirle un papel decisivo dentro del funcionamiento mental fueron David Hume e Immanuel Kant. Instalados en el siglo XX, Jean-Paul Sartre le confirió el significado de un acto intencional de la conciencia y no algo diferenciado de ella, es decir una forma de operación, una herramienta, en una palabra.


Años después, Alan White escribió que “Una persona imaginativa es aquella que tiene la capacidad de concebir muchísimas posibilidades, por lo común con cierta riqueza de detalles”. Por supuesto, esto dentro de cierto horizonte posible y con una base concreta que brinda el conocimiento previo. No se trata de construir castillos en el aire.


Correspondió a Kieran Egan darle una afinada más al tema y define a la imaginación como “la capacidad de concebir cómo podrían ser las cosas; es un acto intencional de la mente; es la fuente de la invención, la novedad y la generatividad; no interviene en toda percepción ni en la construcción de todo sentido; no es algo distinto de la racionalidad, sino, antes bien, una capacidad que enriquece mucho al pensamiento racional. La persona imaginativa tiene esta capacidad en alto grado”.


¿A qué viene este brevísimo recorrido histórico tal vez te preguntes? Pese a que muchos quieran se empeñan decir que vivimos en un neoscurantismo, lo cierto es que el pensamiento humano se ha flexibilizado y ampliado con el paso de los años.


Hoy, bien a bien nadie sabe cómo será nuestro regreso a la “normalidad”, ¿cambiaremos? ¿seguiremos siendo lo mismo? Seguramente lo iremos descubriendo sobre la marcha. Lo cierto, sin embargo, es ahora estamos ante una oportunidad histórica para pensar e imaginar cómo podríamos contribuir desde nuestra trinchera personal, para hacer nuestro entorno un lugar más amable y habitable.




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