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Entretenimiento para aprender



¿Es compatible el entretenimiento y el aprendizaje?


Entre los grandes fabulistas de la antigua Grecia, Esopo era de los más aventajados. A pesar de haber sido un esclavo, llegó a ser uno de los narradores más prolíficos de su época. Se cuentan poco más de doscientos textos producto de su ingenio, todos con alguna moraleja. La mayoría incluso, son reconocidos como auténticos clásicos. Quizá si te detienes a pensar unos segundos vendrán a tu mente una decena de historias que con el paso del tiempo se instalaron en el imaginario colectivo.


Una de las más famosas es aquella que narra una competencia entre una tortuga y una liebre. Todos conocemos el desenlace: por confiada, la liebre pierde la carrera ante el perseverante reptil que pian pianito cumple su objetivo.


El cuento ha sido narrado cualquier cantidad de veces por medio de lecturas, películas o caricaturas. Su esencia es una lección moral sobre lo que debe ser nuestro comportamiento ideal. Sin afán de generar competencia, preguntémonos: ¿Cuál es el formato que mejor funciona para posicionar la enseñanza en un niño: la fábula incluida en un libro de texto o los dibujos animados?


Los superhéroes son admirados no sólo por sus cualidades físicas y sus superpoderes. La inmensa mayoría representan una serie de valores vinculados al buen funcionamiento del individuo en sociedad. Una vez más cuestionémonos ¿por qué Superman o de Capitán América han sido usados, con gran éxito, como emblemas de la honestidad?


En su libro Buen entretenimiento, el filósofo coreano Byung-Chul-Han, escribe: “Las formas narrativas de entretenimiento de los medios de masas contribuyen a estabilizar la sociedad haciendo que normas morales resulten habituales, consolidándolas así como inclinaciones, como algo cotidiano y la obviedad del ‘así son las cosas’, lo cual no necesita ningún enjuiciamiento ni reflexiones adiciones”.


¿Se trata entonces de que la televisión y el cine son más poderosos que los libros? No necesariamente. De lo contrario fenómenos como el Harry Potter o El señor de los anillos no habrían sido posibles. El secreto en dado caso está en que hemos dejado de relacionar el conocimiento con la diversión y el entretenimiento. Cuando las escuelas se preocuparon por imponer sus ideas con metodologías rígidas, cedieron la batuta a las industrias audiovisuales.



La moral es relativa a la personalidad e ideología de cada quien, y en este sentido el caso de Heinrich Hoffmann, quien fuera fotógrafo personal de Adolfo Hitler, es ejemplar. Sobra decir que su noción sobre lo que está bien no coincide con la nuestra. Sin embargo, no le faltó razón cuando dijo: “Ningún alma infantil se conmueve (…) con la verdad absoluta, con axiomas algebraicos o geométricos, lo único que se consigue con ello es atrofiarse miserablemente”.


Separemos y quedémonos con sus palabras: “alma infantil”. La mayoría de nosotros solemos hablar con orgullo de nuestro “niño interior” para justificar acciones y comportamientos. No obstante, conforme crecemos dejamos de explotar la dimensión lúdica del aprendizaje. Nos convencemos de que el conocimiento es cosa seria y como tal no tiene cabida para el juego.


Volvamos a Byung-Chul Han, quien va al centro de la cuestión al reivindicar el gusto del ser humano por las historias. “El entretenimiento es una narración. Posee una tensión narrativa. Más eficaz que la coerción y el deber es el método de hacer que los demás se metan en historias y se involucren en tensiones. Esta es también la esencia del mito, que llega hasta el presente y su cotidianidad. El carácter narrativo del mito domina también el entretenimiento. Por eso es más eficaz que el imperativo moral y más imperioso que la razón y la verdad”.


Es decir, los cuentos de Han Christian Andersen, los Hermanos Grimm, las fábulas de Esopo e incluso las historias de superhéroes funcionan y son inmortales porque nos acercamos a ellas con la naturalidad de quien busca pasar un buen rato o, mejor dicho, entretenerse.


De pronto a los adultos nos gusta complicarnos las cosas. ¿Por qué si nos encantaba que nuestros padres o abuelos nos contaran historias dejamos de hacer de la lectura un punto de encuentro? ¿Por qué si aprendemos acerca de lo que está bien o mal, leyendo cómics, una novela de Julio Verne o viendo alguna película de Pixar, nos seguimos empeñando a darle la espalda a entretenimiento y la imaginación como canales para adquirir conocimiento y valores? Se aceptan sugerencias.


*Byung-Chul Han. Buen entretenimiento. Herder. Trad. Alberto Ciria. 163 pp.

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