De los márgenes al protagonismo



Por: Rosa Luisa Guerra.



Entre los planteamientos que más me han apasionado de Kieran Egan es el seguimiento de la historia individual del ser humano a través de las comprensiones de la imaginación y como una proyección de la historia humana. Estos movimientos de una compresión a otra se pueden también utilizar para delimitar y, por tanto, entender mejor ciertos temas.


Por eso, creo que enfocamos en el periodo conocido como Edad Media en Europa para mirar de cerca el nacimiento y consolidación de los idiomas occidentales, especialmente las romances, nos puede dar interesantes puntos a reflexionar. Tal vez este acercamiento ayudará a iluminar esta época que se considera todavía oscura, sucia y como congelada en el tiempo.


El marco de la Edad Media se asimila por sus características generales a la compresión mítica. Sin que por esto se deba minimizar que las bases de muchísimos de los avances posteriores se dieron en esa época.


La Edad Media, en términos históricos, inicia con la caída del Imperio Romano de Occidente en 476 por la presión y el avance de los pueblos bárbaros. Esta etiqueta engloba una variedad de pueblos en diversos procesos civilizatorios que no formaron parte del Imperio y, los cuales, en diversos momentos, vulneraron la unidad romana o aprovecharon las debilidades para avanzar y ocupar territorios. Ésa fue una de las razones de esa caída que, obviamente, es mucho más compleja de lo que unas cuantas líneas resumen.


En síntesis, este nuevo escenario supuso el rompimiento de los vínculos comerciales, militares y políticos que se habían establecido entre diversos pueblos. Se había dado una cohesión a través de la legislación, la difusión del latín y, claro, aunque no fue un elemento fundacional del Imperio, sí fue uno de sus vehículos de difusión: el cristianismo.


Gracias a ello, la Iglesia Católica queda como la única institución que trasciende fronteras en Europa. En cuanto a la lengua, adopta al latín como su vehículo comunicativo logrando no sólo preservarlo, sino apuntalarlo como un elemento común a todos esos pueblos diversos que establecerán lazos culturales por los siguientes siglos en gran medida a través de esta lengua.


A los primeros siglos de la Edad Media, es decir, hasta el siglo X, se le denomina Alta Edad Media. En esos siglos es cuando se dan en mayor medida los efectos dispersores de la caída del Imperio Romano y en ese mismo periodo se van fraguando los cambios que desembocarán en la creación de las lenguas romances.


La ruptura de los lazos supuso en primera instancia un repliegue en pequeñas comunidades entre las que las hablas locales fuertemente influidas por el latín se van transformando y alejando entre sí, como nos dice Francisco Moreno Fernández en su libro “La maravillosa historia del español”.



Con toda probabilidad, las hablas de un lugar eran comprensibles para los vecinos próximos y las de estos para los de más allá; y así sucesivamente, formando una cadena que, en un momento dado, ya no podría garantizar la intercomunicación entre la primera habla de la cadena y la de los pueblos con los que no tenían contacto directo. (p. 16)



Una de las herramientas cognitivas propias de la comprensión mítica son los opuestos binarios, y la consolidación de las lenguas romances también se puede ver así. El latín era visto como la lengua culta, académica y que era digna de la escritura. Pasa a ser la lengua franca, es decir, el puente de comunicación oficial entre los diversos pueblos y reinos, que apuntaba a lo universal (católico quiere decir universal). Por otro lado, las otras lenguas eran vistas como vulgares, de uso cotidiano y oral (es decir sin escritura), pero sobre todo locales.


Entre estos aspectos opuestos, la cuestión de la escritura es relevante porque precisamente la etapa mítica se vive primeramente sólo con la lengua hablada que se usa para la comunicación cotidiana, la de todos los días, la concreta; pero también para escuchar y contar historias.


Poco a poco el niño aprende la escritura y avanza tanto en el entendimiento de conceptos y expresión de los mismos (que son dos procesos distintos) a través de procesos más complejos como la escritura. De esa misma manera, las lenguas romances en su evolución hacia la escritura pasaron primero por la esfera de lo concreto, como podemos constatar en un documento de 980 en cuyo dorso un monje tuvo a bien escribir “queso”, en su forma, “keso”, así ha pasado a la historia como “Noditia de kesos”, según nos refiere el mismo Moreno.


Ha sido casualidad que sobreviviera justo esa lista, pero no deja de ser ilustrativa, pues a la par que se conserva ese documento, los otros documentos que se tienen son las famosas glosas silenses (por ser de Santo Domingo de Siles) y emilianenses (De San Millán de la Cogolla). Se trata notas al margen que aclaraban alguna frase en los textos en latín.







Podríamos decir que esas lenguas tuvieron que ganarse su camino a la escritura en la medida en la que dejaron el ámbito “casero” y fueron escalando para ser usadas en la expresión de conceptos más abstractos, pasaron de los márgenes al protagonismo. De hecho, esas dejan evidencia de que les eran más claras esas ideas en su lengua local a sus autores que en el latín; como cualquiera de nosotros ha anotado en español (o su lengua materna) la traducción de una palabra o frase en un texto en otro idioma.


Finalmente, las historias que son otra de las herramientas cognitivas básicas de la comprensión mítica de la mano con las dramatizaciones, los chistes, el misterio y el asombro son los elementos presentes en los poemas épicos que se construyeron con una suma de relatos orales que en algún punto pasaron a ser escritos.


En el caso de las lenguas romances, tenemos el Cantar del Mío Cid y el Cantar del Roldán. Ambos se vuelven textos fundacionales de estas lenguas y, en una generalización, son los últimos “anónimos” que se tienen, porque la siguiente compresión que se empieza a gestar hacia los últimos siglos de la Edad Media ya reclama la individualidad como sello distintivo, entre otras muchas características.


Es así que podemos destacar con Egan, a partir de estos señalamientos muy superficiales, pero que apuntan a elementos clave de la compresión mítica: “Los modelos integradores, simbólicos y míticos que se están construyendo constantemente, dirigen el desarrollo de formas lingüísticas para expresarlos” y ése fue el proceso que se dio en la Alta Edad Media para consolidar a las lenguas romances, y luego de otros proceso históricos y sociales donde unas ganaron terreno y preponderancia se convirtieron además, en elementos de identidad nacional (o se resistencia a la identidad nacional todavía hoy).





Bibliografía


Egan, Kieran. Cultura, instrumentos cognitivos y formas de comprensión. Barcelona: Paidós, 2000.


Moreno, Francisco. La maravillosa historia del español. México: Planeta, 2016.


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