Cambio de contexto: Sherlock Holmes, fría comprensión filosófica



Por: Rosa Luisa Guerra.


Arthur Conan Doyle es recordado básicamente por la creación de Sherlock Holmes, sin embargo, Sherlock es más (y también menos) de lo que el imaginario actual tiene en mente; pues es uno de los personajes que más se ha replicado. Hasta hace poco tiempo era uno de los autores que más se recomendaban para iniciar en la lectura a los adolescentes.


Actualmente más a allá de la lectura, sus aventuras y casos se han representado en obras de teatro, series y películas. Se han hecho adaptaciones modernizando sus escenarios y conflictos. Es el modelo para lo que un detective policiaco debe ser y también ha sido la inspiración para personajes como el famosísimo y televisivo Dr. House.


Por esa razón, existe una inmensa mayoría que asume conocer muy bien al personaje capaz de con una mirada sacar las conclusiones más profundas sobre tu persona y actividad, y esa inmensa mayoría se sorprendería al descubrir que la célebre frase: “Elemental, mi querido Watson”, nunca fue pronunciada por el personaje original.


Pero disipemos las nieblas propias de la ciudad natal del personaje, y ubiquemos las condiciones del nacimiento de nuestro peculiar personaje. Empecemos por su creador: Arthur Conan Doyle, quien pertenecía a una familia acomodada, católica, que le ofreció la oportunidad de estudiar en buenas escuelas, incluso en el extranjero para perfeccionar su dominio del alemán. Más adelante ingresó a la Universidad de Edimburgo para estudiar medicina, ahí fue alumno del profesor Bell, quien hacía asombrosas deducciones sobre sus pacientes.


En el tercer año, se embarcó en un ballenero como responsable médico, e intentó repetir la hazaña médico-viajera-exploradora después de titularse, pero en esta ocasión el viaje a África se convirtió en una experiencia muy desagradable. Así que volvió a Gran Bretaña y trató de establecer su práctica médica… con tan poco éxito que le quedaba mucho tiempo libre para retomar un viejo pasatiempo: escribir ficción.


Con el tiempo, consiguió dos cosas: unos cuantos pacientes y publicar algunas historias. Incluyendo Estudio en escarlata, donde aparece por primera vez su personaje inspirado en su antiguo maestro, el doctor Bell. La historia se vendió por muy poco dinero y pasó desapercibida en su momento. Sin embargo, Doyle continuó combinando la escritura de novelas de corte histórico con su consulta médica.


La segunda entrega de Sherlock se debió a un agente literario estadounidense que le compró otra historia del detective. Con ese impulso llegado del otro lado del océano, Doyle le ofreció al primer editor siete relatos nuevos que resultaron un éxito.


Doyle tenía una relación ambivalente con su personaje, ya que por una parte, quería dedicarse exclusivamente a la literatura, pero no quería hacerlo más de la mano de Holmes. Así en 1893, decide “matarlo” en manos de su enemigo en el relato La aventura del problema final, desde el título no se anda con sutilezas. Se dice que ni los ruegos de su madre ni de su editor ni el clamor popular lograron convencerlo, en ese entonces, de resucitarlo.


Fue hasta 1902, cuando primero con el El sabueso de los Baskerville y luego bajo un jugoso contrato con Estados Unidos que continúa escribiendo casi un relato por año hasta 1927. Sin embargo, las aventuras siempre se ubican cuando más tarde en agosto de 1914, justo antes de que estalle la masacre que será la Primera Guerra Mundial, donde el propio Doyle perderá a uno de sus hijos.


A lo largo de todos esos relatos, Doyle construyó un personaje que va a centrar sus esfuerzos en utilizar la observación, el análisis y la síntesis, para sacar conclusiones sobre diversos crímenes. Se trata, sin duda, de utilizar las herramientas cognitivas propias de la cuarta fase de imaginación, la llamada Comprensión Filosófica: la búsqueda de la verdad, las teorías y generalizaciones, pero sobre todo, a través de la identificación de las anomalías.


La forma en la que Holmes lo hace es extraordinaria, ése es su encanto, lo hace parecer todo muy fácil, como comenta en su reencuentro con Holmes, luego de que le ha explicado cómo sabe que la chica que les ayuda en el hogar del recién casado Watson no es un modelo de eficiencia:


Siempre que le oigo aportar sus razones, me parece todo tan ridículamente sencillo que yo mismo podría haberlo hecho con facilidad, aunque, en cada uno de los casos, me quedo desconcertado hasta que me explica todo el proceso que ha seguido. Y, sin embargo, creo que tengo tan buenos ojos como usted.

El modo en que Doyle nos cuenta y muestra cómo funciona la mente de Holmes, sin embargo, está en la tercera forma de imaginación, la Comprensión Romántica, como apunta Egan: “La perspectiva romántica de la historia o de los mundos social o natural entra en la mente de los estudiantes más jóvenes en los extremos de los hechos más fascinantes, en historias reales intensas, en sucesos dramáticos, en héroes, etc.”.


Si en otros libros de la época y concebidos para este mismo público lo que priva con héroes aventureros como los del Salgari, Twain o Stevenson, o uno que otro aventurero-científico como muchos de Verne, en el caso de Holmes estamos ante uno que se define más por no moverse, o moverse lo menos posible sobre todo en los primeros relatos -obvio al “forzar” la publicación de tantas historias el personaje se aleja de su célebre hogar en Baker Street-, pero en teoría es capaz de conectar todos los puntos mientras tranquilamente fuma su pipa… o quizá después de una buena dosis de opio o cocaína.


Sí, en algunas ediciones juveniles ya entrado el siglo XX se expurgaba ese pequeño “detalle” que en su época era, curiosamente, sólo una característica más de alguien excéntrico y marginal.


Pero más allá de esa cuestión adictiva, con el personaje de Sherlock Holmes pasa una cuestión curiosa porque como ya decía nos emociona, nos comunica la certeza de que aunque nosotros no somos capaces de comprender el mundo a esa velocidad o con esa sagacidad, sí hay alguien que lo puede hacer. Y por eso, obviamos las enormes carencias que sólo usar la comprensión filosófica puede traer.


Y los hacemos los lectores (o espectadores) porque Doyle es bastante implacable en los primeros textos al presentar a su personaje. En voz de Watson, el narrador de las aventuras, hace una despiadada recolección de los saberes de Sherlock en Estudio en escarlata:


1.Conocimientos de Literatura: ninguno.

2.Conocimientos de Filosofía: ninguno.

3.Conocimientos de Astronomía: ninguno.

4.Conocimientos de Política: escasos.

5.Conocimientos de Botánica: desiguales. Al día en lo atañadero a la belladona, el opio y los venenos en general. Nulos en lo referente a la jardinería.

6.Conocimientos de Geología: prácticos aunque restringidos. De una ojeada distingue un suelo geológico de otro. Después de un paseo me ha enseñado las manchas de barro de sus pantalones y ha sabido decirme, por la consistencia y color de la tierra, a qué parte de Londres correspondía cada una.

7.Conocimientos de Química: profundos.

8.Conocimientos de Anatomía: exactos, pero poco sistemáticos.

9.Conocimientos de literatura sensacionalista: inmensos. Parece conocer todos los detalles de cada hecho macabro acaecido en nuestro siglo.

10.Toca bien el violín.

11.Experto boxeador, y esgrimista de palo y espada.

12.Familiarizado con los aspectos prácticos de la ley inglesa.


Al llegar a este punto, desesperado, arrojé la lista al fuego.


Si alguien nos describiera así a una persona, no nos parecería en lo absoluto alguien admirable o que quisiéramos tener sentado en nuestra sala. Pero la habilidad para presentarnos, ahora sí desde la comprensión romántica este “extremo de la realidad” humana es tremendamente efectivo.


Podríamos decir que Doyle retrató en Sherlock Holmes la encarnación de esa frialdad a la que la ciencia puede llevar porque se centra sólo en ciertas habilidades, en ciertas formas de comprender el mundo. Y Holmes no tiene la menor intención de cambiar, de estudiar más o de moverse a un ámbito más allá de lo que es. Poco antes de hacer esa lista, Watson está asombrado de que Holmes no sepa prácticamente nada de cómo es el sistema solar.


En una apuesta de interpretación muy personal, creo que Doyle no se dio cuenta de que su habilidad narrativa fue evitó que los lectores fueran capaces de ver o de “asustarse” ante los estragos causa el sólo utilizar una de las comprensiones de la imaginación (no lo hubiera puesto en esos términos) por eso, seguían pidiendo y pidiendo historias. Porque además, la exclusividad del uso de la comprensión filosófica en una persona es la que más fácil lo vuelve en intolerante, frío, egoísta y ajeno a los demás.


En paralelo, y por eso apuntalaba que las historias nunca se ubicaron más allá de 1914, quizá Doyle también veía cómo ese mundo de confianza en la ciencia, y sobre todo, en la “aplicación de la ciencia” que es la tecnología -Sherlock es un detective tecnológico también- que ha llegado a su clímax en esos años finales del siglo XIX cuando tenemos entre muchas la sistematización de las primeras vacunas, el telégrafo, el teléfono, la bombilla eléctrica, el proceso de vulcanización, las bases de la refrigeración…


Pero es ese mismo impulso tecnológico el que transforma la guerra en una peor forma de matanza cuando se usa el gas pimienta en las trincheras o la aviación para bombardear, por citar sólo dos innovaciones que la Gran Guerra inaugura.


Por tanto, en cierto nivel, es entendible que Holmes hubiera querido desaparecer a su criatura, casi como el Doctor Frankenstein con la suya, porque en cierto modo era consciente de esa frialdad a la larga, y a nivel social e histórico puede resultar contraproducente y tremendamente sangriento. A nivel social, el mismo Egan también apunta: “En los casos donde se ha dado un esfuerzo deliberado por eliminar todo vestigio de los tipos anteriores de comprensión, del resultado parece ser la esterilidad y el peligro de que el desarrollo del nuevo tipo de compresión carezca de humanidad”.


Muchos de los eventos que siguieron en el siglo XX fueron en respuesta a esa barbarie, algunas con una barbarie mayor, pero otras como la creación de las Sociedad de las Naciones, origen de la ONU, fueron algunos pasos positivos. El camino no ha llegado a su final, al contrario, los habitantes de siglo XXI seguimos buscando equilibrios y contenciones para como humanidad tratar de ser más humanos cuando sabemos que podemos dejar de serlo en cualquier instante.


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Rosa Luisa Guerra

Es autora de la colección de seis libros para niños: Así era la vida en... Época prehispánica, Virreinato, Independencia, Porfiriato, Revolución y México Moderno publicada por Ediciones Larousse.

Es coautora del libro Cara o Cruz: Francisco I. Madero, de Editorial Taurus.

Escribió: Apuntes de Literatura: Fausto (Goethe), Apuntes de Literatura: Divina Comedia (Dante) Apuntes de Literatura: 20 000 leguas de viaje submarino (Verne), todos de Nueva Imagen.

Ha escrito cerca de 20 libros de texto para la enseñanza del español para todos los niveles educativos.

Ha colaborado en la redacción de títulos de libros para niños y adultos en Editorial Larousse y Nueva Imagen.

Fue guionista de la serie infantil Viajeros del Tiempo Bicentenario, 25 cápsulas sobre la Independencia de México.

Participó durante 2019 semanalmente en el programa televisivo Tu Ciudad Es del Capital 21 en el segmento Lectura para principiantes.

Ha sido profesora universitaria de asignatura en UIA, UP y actualmente del CESSA.

Licenciada en Literatura Latinoamericana (UIA), maestra en Comunicación Social (UP) y tiene un máster en educación con especialidad en familia (CUV adscrito a la Complutense).

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