Mujercitas: Caleidoscopio romántico



Por: Rosa Luisa Guerra.


Hasta antes de la explosión que los últimos veinticinco años ha surgido con la llamada literatura juvenil, uno de los libros que con mayor frecuencia las mujeres adultas mencionan como su favorito en el sentido de que les cambió la visión de sí mismas es Mujercitas de Louisa May Alcott.


Mujercitas, que hoy casi siempre se encuentra en una edición que conjunta los dos títulos: Mujercitas y Aquellas mujercitas. Por presión del público de la época se agregaron Hombrecitos, Los muchachos de Jo. Gracias a lo cual, la saga de los March queda completa.


Aunque leí innumerables veces cada libro de esta serie, y otros de la autora, la huella de Mujercitas a mis ocho años fue determinante, porque poco tiempo antes a los siete ya había decidido ser escritora y de pronto me topaba con un personaje que aspiraba a lo mismo. ¿Qué hice? Pues imitarla. Con mis hermanas, y luego mi hermano menor, solía armar pequeñas obras de teatro, por supuesto que inspirada en las obras de teatro que las mismas hermanas March hacían y que Jo escribía.


El pasaje que representamos la primera vez fue aquel donde Amy molesta porque sus hermanas, y en especial, Jo se niega a llevarla al teatro y para vengarse le rompe el manuscrito de la novela que está escribiendo. Jo se enoja de tal modo (y en mi fuero interno siempre creí que Jo tenía razón) que deja de hablarle. Amy quiere arreglar las cosas y la sigue cuando sale a patinar con Laurie. No escucha la advertencia de este último de que el hielo puede estar frágil y cae. La habilidad de Laurie con la ayuda de Jo logran sacarla y no pasa de un susto.


Este pasaje es significativo pues a diferencia de otros libros, sobre todo del siglo XIX, dirigidos al público infantil y juvenil, que sólo están insertos en la nuestra forma de imaginación romántica, los de Alcott siempre van a más. Claro que entramos en sintonía con las emociones de los personajes y sus logros. Todas queríamos patinar con Laurie en el hielo, reírnos a carcajadas con él y ser heroicos en la salvación de Amy y lloramos con la enfermedad de Beth, se convirtieron en eco de nuestras propias aspiraciones y deseos, que a eso apunta la educación de la comprensión romántica.


Hay una segunda capa, que pasa del lado cuando no tenemos el trasfondo cultural de lo que la Guerra Civil estadounidense significaba en términos de justicia, igualdad, derechos humanos. Que el padre deje a su familia por apoyar a las tropas es por el absoluto idealismo propio de la forma de imaginación romántica. Las chicas con sus renuncias son partícipes de la causa desde lo doméstico.


Y es en ese mismo marco de lo doméstico, donde a raíz del accidente de Amy, Jo está devastada al darse cuenta que por su carácter intenso e impulsivo su hermana pudo incluso morir. Es decir, entra en pleno en lo que Acuña señala como inicial en esta comprensión: “Comenzamos a desarrollar el sentido de ser agentes en el mundo, que nuestro accionar sí tiene consecuencias”.


Jo, en esa conversación descubre también esa dimensión en Marmee, que según todos los estudiosos de Alcott, está moldeada en la madre real de la autora, confiesa las dificultades que ella misma ha tenido y confiesa “Me he sentido enojada casi todos los días de mi vida, Jo”. Su hija tarda un poco en procesar cómo su madre ha logrado controlar, que no erradicar, ese sentimiento y dice: “Madre, ¿cuándo te sientes enojada aprietas los labios y a veces sales de la habitación?”. Marmee le explica que lleva 40 años buscando ese control, primero con ayuda de su madre, y luego de su esposo.



Ilustración: Giulia Lombardo



No es el único ejemplo en el libro, cada una de las hermanas tiene un momento de revelación de sus propias debilidades, de hecho, es un mecanismo que se puede rastrear en casi todas las novelas de Alcott destinadas al público juvenil.


Sin embargo, este es especialmente significativo por estar construido por una parte sobre una figura fundamental en su vida como fue Abigail May, madre de la autora. Y por otra, porque apunta a un rasgo de carácter que no se supera, se acepta y se batalla con él día a día. La madre no le da la solución para resolver o para prevenir que se meta en líos, simplemente le acerca las herramientas que necesita.


El crecimiento se va a expandir en toda la vida del personaje, en los cuatro libros de hecho, y le ayuda a Jo, eventualmente, a aceptar que su hermana Meg en verdad quiere casarse y tener hijos, o en ser firme y decirle que no lo ama a Laurie, aunque él se empeñe en lo contrario. O en afrontar el dolor que la marca de por vida que es la muerte de Beth en el segundo libro.


Esto se enmarca en la aceptación de que el mundo es injusto, de que los finales felices se construyen con una pizca de decepción, y dos montones de tristezas y contiene los elementos de la forma de imaginación irónica, construida sobre una verdad filosófica: las mujeres deberían tener las mismas oportunidades que tienen los hombres sobre todo en términos de educación.


No sucede del todo, pero Jo hará lo mejor que pueda para abrirlas a través de la escuela que funda en la propiedad de tía March y que es el escenario de las dos siguientes novelas Hombrecitos y Los muchachos de Jo.


Alcott aprovecha a hacer una bonita metáfora donde tener mucho dinero cobra sentido si es usado para un fin más noble que acumularlo. Aquí deja entrever muchas de las convicciones de su padre, Bronson, quien también fue determinante para la autora, pero que en Mujercitas no es totalmente reflejado en el señor March.


Bronson Alcott podría ser definido como un ejemplo de los males de la imaginación filosófica, llamada alienante, era un hombre de profundas convicciones abolicionistas, con ideas claras y avanzadas sobre la educación, pero que en la vida cotidiana resultaba inflexible, y la familia padeció mucho tanto por su carácter como por su incapacidad de proveer un ingreso suficiente siempre escudado en ser víctima por sus ideas, aunque muchas veces no era necesariamente así. Por eso, tener dinero se debía usar para los ideales.


Los lectores juveniles quizá no captábamos del todo lo que nos quería decir cuando buscaba opciones para que su sobrina Daisy, hija de Meg, y otra chica llamada Nan pudieran formarse como mujeres de bien. Alcott subraya lo que hoy sigue siendo todavía tema: las mujeres no la tenemos fácil.


Es un lugar común decir que las niñas maduran más rápido, lo que en cuestión meramente física de hormonas no es discutible, pero quizá también es una respuesta cultural. Por tanto, es posible que se necesite una revisión desde esta perspectiva de la comprensión irónica de los escritos y las lecturas definidas para mujeres para descubrir qué fue primero: el huevo o la gallina, es decir, los libros fomentaron esa comprensión de que la vida es difícil y que eres responsable de tus actos, que la compresión de tus errores y de los de los otros requieren paciencia y perdón, o esos libros tuvieron éxito porque en la desventaja femenina es más fácil percibir que se requiere flexibilidad y voluntad para afrontar la vida porque no será sencilla.


De hecho, la misma Alcott se ve obligada a escribir esa saga por su editor que buscaba un libro “educativo” para niñas. Y ella lo hace y nos regala ese germen de la comprensión irónica que la hace destacar entre otros autores del siglo XIX que escribieron para niños y niñas.


Hago un pequeño paréntesis para destacar que las niñas lectoras tuvimos una ventaja, que señalaba un autor que por desgracia no recuerdo su nombre, señalando que mientras su hermana tranquilamente podía leer a Verne o a Salgari sin que nadie levantara una ceja, si él hubiera sido descubierto con el libro de Mujercitas no hubiera gozado de la misma indulgencia.


En esa posibilidad, las lectoras, seguro los muchos testimonios de ser el libro favorito o determinante apuntan a lo mismo, sabíamos que nuestra vida se iba a parecer más a las de las chicas March, y le podíamos aprender más a sus tropiezos, a profundo amor, a sus actos en favor de los demás, a su decisión a encontrar no el amor romántico, sino el verdadero y capaz de ser piedra angular de una familia (o por lo menos intentarlo).


Bibliografía

Acuña, S. “Tipos de compresión: El corazón de la Educación Imaginativa” en Educación imaginativa. Una aproximación a Kieran Egan, Morata: Madrid, 2017.

LaPlante, Eve. Marmee and Louisa. Simon and Schuster: New York, 2013.


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Rosa Luisa Guerra

Es autora de la colección de seis libros para niños: Así era la vida en... Época prehispánica, Virreinato, Independencia, Porfiriato, Revolución y México Moderno publicada por Ediciones Larousse.

Es coautora del libro Cara o Cruz: Francisco I. Madero, de Editorial Taurus.

Escribió: Apuntes de Literatura: Fausto (Goethe), Apuntes de Literatura: Divina Comedia (Dante) Apuntes de Literatura: 20 000 leguas de viaje submarino (Verne), todos de Nueva Imagen.

Ha escrito cerca de 20 libros de texto para la enseñanza del español para todos los niveles educativos.

Ha colaborado en la redacción de títulos de libros para niños y adultos en Editorial Larousse y Nueva Imagen.

Fue guionista de la serie infantil Viajeros del Tiempo Bicentenario, 25 cápsulas sobre la Independencia de México.

Participó durante 2019 semanalmente en el programa televisivo Tu Ciudad Es del Capital 21 en el segmento Lectura para principiantes.

Ha sido profesora universitaria de asignatura en UIA, UP y actualmente del CESSA.

Licenciada en Literatura Latinoamericana (UIA), maestra en Comunicación Social (UP) y tiene un máster en educación con especialidad en familia (CUV adscrito a la Complutense).

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