¿Cómo imaginar a un diccionario?

Por: Rosa Luisa Guerra.





Podría parecer extraño relacionar la imaginación con los diccionarios, pues superficialmente un diccionario no parece nada que tenga que ver con la creatividad o la capacidad de concebir una idea, sin embargo, la visión desde el conjunto de los planteamientos de la Educación Imaginativa los diccionarios y la imaginación tienen mucho que ver.

Un diccionario en pocas palabras (¡la ironía!) es un producto cultural. Esto quiere decir que es fruto de la evolución del saber humano y va acorde a las necesidades de cada época, por tanto, podemos rastrear en ellos algunos de los rasgos de las compresiones y sus herramientas cognitivas características.


Hacía muchas letras…


Las primeras evidencias de la existencia de documentos escritos que se asemejen a un diccionario están en la tablillas de Urra=hubullu y se han datado en el segundo milenio antes de Cristo. Se trata de listas de palabras entre el sumerio y el acadio, más que nada por razones comerciales. Una lista así si bien, está con un pie puesto en la comprensión romántica al implicar la lengua escrita (con el aprendizaje de la lectura y escritura comienza esta comprensión), a la vez tiene el otro pie en la comprensión mítica pues es una clara elaboración a partir de los opuestos binarios. No se están dando definiciones ni se está elaborando; simplemente se están contrastando dos palabras cuyo significados son equivalentes.


Por siglos va a dominar este esquema mítico de “opuestos binarios” entre dos lenguas en la elaboración de textos que son el antecedente a nuestros diccionarios de otros idiomas. Y no sólo eso, la palabra diccionario misma se ubica en esta comprensión mítica puesto que John of Garland, cuando escribió su “Dictionarius” lo hace buscando mejorar la “dicción”, es decir, el uso de lengua oralmente y no tanto en por escrito del latín. La oralidad es característica de la comprensión mítica.



De lo mítico a lo romántico


Los diccionarios van a transitar a la compresión romántica a la par que las lenguas romances transitan a la adultez, es decir, pasan de los márgenes al protagonismo. Y se empiezan a delinear poco a poco los diccionarios que buscan apoyar el buen uso de la lengua en la que están escritos. Ya no se trata de apoyar la traducción de una lengua ajena o nueva, sino la comprensión del sentido y significado de la propia.


Se trata de una operación más compleja que quizá ya no recordemos de nuestros años escolares porque hicimos el tránsito de manera natural. Pero quizá sí recordamos cuando avanzando en el estudio de una segunda lengua y quien nos la enseña no nos responde en español ante una duda de qué significa tal palabra sino que nos da una definición en ese segundo idioma o nos remite a un diccionario.


Así el español, de entre las lenguas romances, fue la primera lengua en contar con un diccionario escrito en español totalmente (el italiano nos alcanzó al año siguiente) cuando en 1611 se publicó el Tesoro de la lengua castellana o española escrito por Sebastián de Covarrubias. Este libro también, digamos, que está en el transito entre lo mítico y romántico puesto que se centra más en la etimología, es decir, en decir de dónde había evolucionado cada palabra y tenía cierta fijación con que muchas venía del hebreo. O sea, “mitificaba” los orígenes porque eso daba mayor estatus a la palabra según algunas ideas de ese momento.

Pero ese diccionario, además de tener un nombre que resuena a metáfora: Tesoro, recolectaba por primera vez ejemplos del uso de las palabras con ejemplos de autores destacados como Garcilaso de la Vega o Juan de Mena. Además, su publicación se da justo entre la primera parte del Quijote (1605) y la segunda (1615).





Sí queremos regular


La siguiente generación de diccionarios de las lenguas de origen europeo, pero ya se han extendido a reinos y colonias van a responder afanes nacionalistas y reguladores muy propios de la comprensión filosófica.


Y otra vez, el español va a ir a la delantera. La Real Academia Española nace tanto para imitar a las academias francesas muy propias del periodo neoclásico y con un propósito muy claro de crear un diccionario que recoja el uso de las palabras; pero no cualquier uso sino el de las grandes plumas: Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, santa Teresa de Ávila. Para ser justos, este diccionario también citaba ejemplos tomados de algunos documentos más cotidianos.


Sin embargo, su intención se mueve entre “describir” el uso y “regular” como debe ser usada la palabra tanto en su ortografía como en su significado. Y se estaba pensando en el idioma más extendido en su época por el número de hablantes si se toma en cuenta el inglés todavía no era lo que hoy es. Este diccionario que es conocido como “diccionario de autoridades” fue publicado entre 1726 y 1739.


Pero no va a ser la única lengua en la que se elaboran diccionarios con ese afán de limpiar la expresión oral y escrita. Precisamente Noah Webster en 1806 logra la publicación de A Compendious Dictionary of the English Language. Pero Webster no es inglés, bueno, técnicamente sí porque nació en 1758 en lo que hoy es Estados Unidos y la independencia se dio hasta 1776. Pero la intención de Webster con su diccionario es que sus compatriotas hablaran, deletrearan y escribirán todos igual porque había muchas diferencias entre las regiones. A ese primer diccionario le seguiría otro más completo y rico que hizo con el apoyo de un equipo muy grande. Y que es el antecedente de los diccionarios estadounidenses que se engloban conocen hasta hoy como diccionarios Merriam-Webster.


Los alemanes que se tardaron un poco más en consolidarse como nación (empezaron tarde pero rápidamente se repusieron), también tienen un diccionario cuya motivación fue “nacional” y cuya elaboración sí va en consonancia con las ideas detrás de la unificación alemana del siglo XIX. Los primeros redactores y quienes definieron cómo sería este diccionario fueron ni más ni menos que los hermanos Jacob y Wilhem Grimm.


No puedo evitar subrayar que los mismos hermanos que rescataron el folclore y nos entregaron la elaboración de las historias que alimentan tanto nuestra comprensión mítica como romántica, luego fueron precursores de una epopeya filosófica. Y digo epopeya porque el proyecto que ellos iniciaron tomó 107 años en concluirse. (Y nomás como curiosidad: se publica completo en 1961 mismo año en la separación de las Alemanias se profundiza con la construcción del muro de Berlín).





¿Y el hoy qué?


En la actualidad estamos viendo lo que parece ser la extinción del diccionario tipo libro como tal, por la sustitución de su consulta en línea. Sin embargo, esos grandes diccionarios tienen versiones didácticas (en libro) que me parece no deberían desaparecer de las aulas porque su aporte al proceso de enseñanza-aprendizaje es muy valioso. Y lo es en términos de la Educación Imaginativa. Porque un diccionario bien usado apela a dos herramientas cognitivas de la compresión romántica:


  • Humanización del significado: los diccionarios en línea ofrecen sólo una respuesta y con un clic, mientras que un diccionario en papel obliga a buscar con la mirada y el dedo la palabra y la palabra no está sola, está junto a otras. Muchas veces otras de la misma familia de significado; pero la aventura de buscar una palabra se puede expandir a toparte con muchas otras. Además de apropiarte más fácilmente de ese significado que lees y luego usas.


  • Aprecio por el detalle: colecciones y hobbies: Un diccionario encuadernado es también una colección de palabras (¡un tesoro!, diría Covarrubias) con “información” que pueden consultar, guardar, comentar y todas esas actividades muy propias de esta compresión.


Por todo lo anterior, creo que tanto la historia de los diccionarios como su potencial en el aula ofrecen mucho más de que normalmente pensaríamos y son un filón para la apropiación de la lengua no sólo en términos de la “clase de español”, sino de la profundidad de hacer de la lengua tu vehículo comunicativo para todas las materias, pero sobre todo para la vida.




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